15 de Diciembre de 2019
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El Limbo que nunca existió
por María Jesús Palmer
El Limbo que nunca existió
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El anterior Papa Juan Pablo II, en su revisión del Catecismo, ya apuntó la necesidad de modificar los conceptos de Infierno y Purgatorio considerando que no eran lugares físicos, si no estados por los que pasa el alma en su tránsito hacia Dios. Asimismo, respecto al Limbo, abogó por excluirlo de la doctrina católica, dejando el tema para su conclusión en manos de una comisión internacional de teólogos. El pasado mes de diciembre, dicha comisión se pronunció con un documento aprobado por el actual Papa Benedicto XVI y El Vaticano, en el que se confirmaba oficialmente que; el Limbo, ese lugar donde iban las almas de los justos y de los niños que morían sin ser bautizados, no existe. Basta con la infinita misericordia divina para que los niños sin bautizar alcancen igualmente el Cielo.Sin embargo, al Limbo -palabra que significa borde o frontera según su etimología latina- no se le puede negar el sitio que ha ocupado en la Historia y la Literatura. PAPAS,  SANTOS  Y  POETAS Durante la Edad Media, en el Concilio de Cartago (año 418) se decretó la existencia del Limbo, aunque bien es cierto que nunca llegó a ser considerado como dogma de fe. En la misma época, San Agustín (354-430) dejó dicho en sus escritos que el Limbo debería ser eterno, al igual que el pecado original lo era si no llegaba a ser borrado antes, mediante el sacramento del Bautismo. Siglos más tarde, santo Tomás de Aquino (1225-1274), volvió sobre el tema, defendiendo al menos la condición de beatos para los inocentes niños que morían sin bautizar.Entre el Medioevo y el pre-Renacimiento, el poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321), en el lírico viaje desde el Infierno hasta Paraíso que describe en su obra La Divina Comedia, también habla del Limbo.Dante, tras la muerte de su amada Beatriz a los 24 años, queda sumido en una desesperación existencial que le lleva a meditar sobre la vida y la muerte. Su espíritu, no resignado a la pérdida decide, aunque sólo sea a través de la pluma, ir en busca de su amada y embarcarse acompañado de Virgilio -su guía y maestro-, en un viaje que le empujará a recorrer primero los mundos subterráneos del Infierno, para pasar después por el Purgatorio y ascender, finalmente, al Paraíso donde se encontrará con Beatriz. En su descripción, Dante le da al Infierno la forma de un gran cono invertido que se va estrechando a través de nueve círculos o regiones intermedias hasta llegar al centro mismo de la Tierra, donde habita Lucifer. A la región del Alto Infierno (la más cercana a la superficie terrestre) se accede pasando primero por un gran vestíbulo donde permanecen los inútiles y egoístas, tras el vestíbulo comienzan los círculos infernales y, curiosamente, Dante sitúa al Limbo en el primero de estos círculos, es decir, que sin darle lugar aparte, lo considera antesala del Infierno. Los círculos, después, siguen su espiral descendente, pasan a las regiones del Bajo Infierno y llegan hasta el noveno círculo donde penan los grandes traidores. También el Purgatorio, que describe a continuación de su regreso de los Infiernos, tiene nueve terrazas superpuestas donde se van depurando, entre otros, los pecados capitales, y tras el Purgatorio se accede al Paraíso, donde le espera su amada para guiarle en el recorrido. El Paraíso, asimismo tiene nueve regiones a las que llama cielos, estando cada cielo (al menos los siete primeros) representado por un planeta; Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno, que eran los únicos planetas conocidos hasta entonces. Dante llamó a los dos últimos cielos, cielo estrellado y cielo cristalino.  LAS  LEYES  DEL  CONOCIMIENTO  HERMÉTICO El maestro Hermes Trimegisto -El Tres Veces Grande-, que vivió en tiempos de las primeras dinastías egipcias, dejó un legado de sabiduría que influyó en numerosas doctrinas de Oriente y Occidente. Parte de este legado se recoge en los Principios del Kybalion, un tratado que explica las siete Leyes Fundamentales por las que se rige el Universo.Todos los misterios parecen encontrar explicación en estas leyes y el enigma del cielo e infierno, así como el de la vida y la muerte también tienen cabida en ellas. Buscando esta explicación encontramos, al menos parte de ella, en el cuarto de estos principios, el de Polaridad, que dice así: Todo es doble; todo tiene dos polos; todo su par de opuestos; los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza pero diferentes en grado; los extremos se tocan. El día y la noche, el blanco y el negro, la luz y la oscuridad, el frío y el calor, el bien y el mal, la vida y la muerte, son sólo algunos de los muchos pares de opuestos que forman parte de la existencia y la naturaleza. Y, a menudo, siendo opuestos, se les suele considerar contrarios sin más, aunque en realidad, tal como indica el Principio de Polaridad son lo mismo. Por ejemplo, el frío y el calor, forman los dos extremos de un mismo eje, pero si nos situamos en el frío y empezamos a avanzar hacia el calor, llegará un momento en que el grado de temperatura sea tan homogéneo y templado que no se sabrá si estamos más cerca del frío o más cerca del calor. Su naturaleza es la misma y sólo el grado de intensidad marca la diferencia que notamos entre ellos. Con el blanco, la luz y el día, frente al negro, la oscuridad y la noche pasa lo mismo, e igual sucede en conceptos más complejos como el bien y el mal o el amor y el odio, en apariencia tan diferentes y en esencia iguales, siendo únicamente el grado de intensidad emocional el que, dando bandazos de un extremo a otro, los hace distintos. CIELO, INFIERNO Y PURGATORIO   Asociados con el bien y el mal y con la vida y la muerte, encontramos el concepto del cielo y el infierno como opuestos irreconciliables, pero si tenemos en cuenta también en ellos la Ley de Polaridad, en realidad compartirían la misma naturaleza aunque cada uno se sitúe en un extremo. El concepto del Purgatorio, tal como lo describía Dante, formaría la zona intermedia de este gran eje. Sin olvidar como dejó dicho Juan Pablo II, que no se trata de lugares físicos sino de estados anímicos (culpa, arrepentimiento, amor, bondad, beatitud...), estados que se encargarían, según el momento, de situar el alma más cerca de un extremo o de otro. Por otra parte, estos extremos que conocemos como cielo e infierno no podrían existir aislados, al igual que no existiría la luz sin la oscuridad, ni el bien sin el mal, de ahí que para apreciar el verdadero valor de cada uno, parece que necesariamente hay que conocer también su contrario, pues sólo cuando se ha recorrido todo el camino, es cuando se puede alcanzar con todos los honores la elogiada «virtud del término medio», de la que hablaba  Aristóteles. Una virtud vinculada con el compromiso y la participación que conlleva la evolución humana, pues para descansar primero hay que cansarse, para alcanzar la paz de espíritu primero hay que superar las tribulaciones, para obtener sabiduría primero hay que reconocer los errores... El premio de la virtud del término medio difícilmente llegará sin haber experimentado antes alegría y sufrimiento, y quien sin arriesgar nada busca quedarse en un término medio por miedo o comodidad, sólo conseguirá mediocridad, pues entre el bien y mal se quedará en lo regular, entre la luz y la oscuridad se quedará en la tiniebla, entre el blanco y el negro se quedará en el gris, entre el frío y el calor se quedará en lo tibio, entre lo positivo y lo negativo se quedará en lo neutro, entre el amor y el odio se quedará en la indiferencia, entre la vida y la muerte se quedará en el letargo y entre el cielo y el infierno se quedará en el purgatorio. Pero, volviendo al concepto del Limbo, en este flujo de continua conexión entre polos contrarios no parece haber ningún lugar para ubicarlo, ya que su papel era el de retener sin sufrimiento, pero también sin gloria, a las almas de los justos e inocentes que no fueron bautizados. Y en la fluidez de los ejes de opuestos no puede existir retención alguna, ni siquiera los que eligen la mediocridad pueden quedar retenidos en ella siempre. ALGO MÁS SOBRE EL KYBALION Otra de las siete leyes del Kybalion -la segunda-, conocida también como Principio de Correspondencia dice:    Como arriba es abajo; como abajo es arriba. Observando cómo es el mecanismo y la naturaleza de lo más pequeño se puede descubrir el funcionamiento de lo más grande, y viceversa, un buen ejemplo de esta realidad lo encontramos en el Sistema Solar con relación al átomo y también con relación al cuerpo humano, pues cada uno en su escala muestra la misma estructura: un centro vital -fuente de energía-, alrededor del cual giran con ritmo cíclico otros elementos. En el Sistema Solar la estructura la forma el Sol y los planetas, en el átomo el núcleo (protones-neutrones) y los electrones y en el cuerpo humano el corazón y la circulación sanguínea que mantiene activos a todos los demás órganos.La Ley de Correspondencia es aplicable en todos los órdenes de la vida, por lo que el concepto de cielo e infierno, al igual que se considera algo global y externo para el ser humano, también habría que considerarlo como algo particular e interno, es decir, que cada persona tendría su propio cielo e infierno interior, un cielo que le aportaría felicidad, autoestima y recompensas, y un infierno en el que buscaría el castigo (autocastigo) para paliar sus sentimientos de culpa, donde quedaría prisionera de sus obsesiones y perdería la seguridad en sus valores. Cada uno de los siete Principios del Kybalion interactúa con los seis restantes y todos se complementan. Si hasta ahora hemos encontrado en el principio de Polaridad, la idea de que cielo e infierno son parte de una misma naturaleza, y aplicando el principio de Correspondencia, vemos que también están en la infinita escala de estructuras que todo lo abarca. Otro principio -el sexto- conocido como la ley de Causa y Efecto, que dice: Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa. Nos ayudará a encontrar explicación para la «suerte» que cada persona parece tener o no tener, y para las circunstancias tanto de fortuna como de desgracia que parecen caer indiscriminadamente favoreciendo mucho a unos, mientras otros no levantan cabeza. La intensidad con que cada persona experimenta su particular cielo o infierno, abocada a circunstancias y condiciones de su vida, no es capricho de una suerte injusta, ajena y arbitraria, si no de la «suerte» que cada cual ha sembrado con anterioridad. Cada semilla contiene un posible y futuro fruto. Los actos, deseos y pensamientos son, asimismo, semillas que se van plantando, las habrá mejores o peores, unas caerán, como relata la Parábola del Sembrador, en terreno fértil, otras caerán en terreno pedregoso y algunas se las llevará el viento, pero el particular fruto que contienen, tarde o temprano, ya sea jugoso, maduro o seco (oportunidades pérdidas) llegará a manos de quien lo sembró.    Siembra en tu camino lo mejor y confía en tu suerte.